Temblores de miedo sobre la tumba de Stalin

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El pasado 5 de marzo se cumplió el 58 aniversario de la muerte de Iósif Stalin, máximo líder de la URSS desde mediados de los años 1920.

El pasado 5 de marzo se cumplió el 58 aniversario de la muerte de Iósif Stalin, máximo líder de la URSS desde mediados de los años 1920.

Con este motivo un grupo de militantes de partidos y movimientos de corte nacionalista y comunista depositaron flores sobre la tumba del caudillo situada junto a la muralla del Kremlin que bordea la Plaza Roja.

Este acontecimiento aparentemente ordinario causó un gran alboroto en círculos progresistas, sobre todo en las redes sociales de Internet.

El asunto es que actualmente el acceso a la muralla del Kremlin está cerrado para el público debido a obras de mantenimiento en el mausoleo de Lenin.

Y no obstante, para los participantes del acto bautizado “Dos claveles para el compañero Stalin”, se hizo una excepción. Porque la ofrenda floral fue autorizada por la administración del Kremlin, y algunos periodistas y blogueros que nunca bajan la guardia vieron en ello señales casi del “estalinismo rastrero”.

En realidad, se trata de un procedimiento normal y rutinario. Independientemente de que esté abierto o cerrado el acceso a la muralla, varias veces al año dejan pasar pequeños grupos de entusiastas para que depositen flores en las tumbas. Es una práctica común y civilizada.

Es, sin duda, discutible la existencia de un panteón en la plaza central de la capital de Rusia. Pero mientras albergue varios centenares de tumbas sería por lo menos antidemocrático impedir a los ciudadanos rusos la entrada a ese camposanto.

Y no tiene ninguna importancia a qué difunto en concreto querían rendir homenaje estos ciudadanos y cuáles son sus ideas políticas. Es cuestión de ética y de humanismo, no de política.

Últimamente, el discurso público y político ruso muestra una tendencia muy extraña. Cualquier acto relacionado con el nombre de Stalin produce “temor y temblor” supersticiosos y casi paganos entre los que se declaran antiestalinistas.

Estos señores se imaginan que, por ejemplo, colocar retratos del “padre de todos los pueblos” en un autobús urbano en la ciudad “es propagar olores de totalitarismo”.

Entre tanto, el dinero para el llamado “estalinobús” están reuniendo los mismos activistas que organizaron la ofrenda floral en la Plaza Roja. Es una iniciativa estrictamente privada y no tiene nada que ver con los organismos gubernamentales.

El Partido Comunista está oficialmente registrado en Rusia al igual que diferentes movimientos sociales de izquierdas. No hay ninguna razón para prohibirles colocar retratos de sus líderes políticos del pasado.

Esto no contradice la ley ni la Constitución.

En realidad, no es sólo problema de pluralismo. La reacción ante los actos de los estalinistas por parte de numerosos hombres públicos, defensores de derechos, periodistas y blogueros que se declaran demócratas está impregnada de un espíritu genuinamente estalinista, totalitario.

Fue en los años 30 y 40 del siglo XX cuando se impuso una prohibición absoluta a exhibir cualquier imagen de Trotski u otros bolcheviques reprimidos. Fue parte de la política oficial.

Tras ser denunciado el “culto a la personalidad” de Stalin por su sucesor Nikita Jruschov, fueron igualmente prohibidas las imágenes de aquél y se intentó borrar su nombre de la historia nacional. No es de asombrarse: la mentalidad de Jruschov se diferenciaba bien poco de la de Stalin.

Durante años formó parte del círculo más cercano al dictador y era un comunista empedernido, es decir, enemigo de cualquier manifestación de la “democracia burguesa”.

Pero cuando hoy los representantes de círculos progresistas vuelven a intentar imponer tabú a cualquier mención o imagen del tirano y déspota odioso para ellos resulta caricaturesco. Una clásica ilustración para la famosa frase “el muerto atrapa al vivo”. El espíritu del compañero Stalin atrapó con una particular tenacidad a los que se las dan de sus más acérrimos antagonistas.

Mientras tengan tanto miedo al difunto Iósif Stalin no se podrá hablar se haber superado su “herencia”. Ni siquiera dentro de nosotros mismos. Y Stalin seguirá siendo tanto para estalinistas como para los antiestalinistas primitivos “más vivo que todos los vivos”.

LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE OBLIGATORIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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